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historia de la arquitectura registra ciclos que se han movido entre lo admirable y lo decadente.

 

En la entrega inicial (I) de este artículo se introdujo la discusión en torno a lo que ha sido la esencia y razón de ser de la arquitectura hasta el inicio de la modernidad mientras que se ambientaba otra discusión en torno a la naturaleza y rol del arquitecto y de la arquitectura como practica y enseñanza en los tiempos actuales, que es de lo que esencialmente se ocupa esta segunda parte.

 

A qué y a quién sirve la arquitectura en la posmodernidad

Castaño y otros lanzan una profunda discusión acerca del rol que ha venido asumiendo la arquitectura desde la modernidad hasta los momentos actuales, es decir la posmodernidad, al sugerir que «La ciencia aplicada a la arquitectura comienza, entonces, a presentar teorías como conjuntos de hipótesis y enunciados axiomatizados como un juego de modelos, sistemas o paradigmas, que tienen la misma finalidad en la base: poner al hombre en su estado primigenio, para lograr así un orden social preestablecido; se asume la arquitectura como una posibilidad de generalización y de estandarización».

Si se asume la reflexión que realiza en su tesis doctoral Abonando (2018), el abordaje de la mutación que ha venido sufriendo la arquitectura se complejiza en tanto que el tránsito de la modernidad a la posmodernidad está marcada por la irrupción de «las dos revoluciones tecnológicas que han transformado la manera de concebir y desarrollar la arquitectura en los dos últimos siglos: La revolución industrial y su influencia en la arquitectura moderna, y la actual revolución digital, y la arquitectura a la que está dando lugar».

En medio de este paralelismo también surge la dicotomía entre lo que algunos denominan el perfil del profesional de la arquitectura y el del arquitecto, y el cuestionamiento acerca de a qué y a quienes sirve en la actualidad los graduados en arquitectura.


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El profesional de arquitectura vs. el arquitecto

Para tratar de resolver este dilema pertinente es acudir a lo que Castaño y otros cuestionan desde la formación de los arquitectos en las facultades de arquitectura, específicamente en Colombia. Acogiendo lo que sugiere Alberto Saldarriaga Roa, ellos consideran que en la formación de arquitectos en nuestro país se sigue más lo que aquél denomina el modelo de convención, que según los mismos, se da más por conveniencia que por convicción. Y es aquí donde su crítica arrecia cuando advierten que «se ha replicado una educación en compartimentos estanco llamados materias en donde se da más prioridad a los contenidos, como respuestas acabadas, que a los procesos».

Cuestionan que en pro de la réplica de este modelo institucionalizado e internacionalizado se ha establecido una amnesia común hacia los propósitos pedagógicos, por lo que las discusiones acerca de la formación del arquitecto se han centrado básicamente en esta misma «compartimentación», y las preocupaciones se debaten entre la intensidad horaria de una materia, o el semestre en el cual debe ser cursada. En consecuencia consideran que los principios se han ido perdiendo por lo que descalifican que se entienda la arquitectura de esta manera, es decir «como una sumatoria de diseño, construcción, historia y dibujo» que es con lo que se vienen formando los arquitectos y con lo que se ésta relegando un postura más profunda y de fondo.

Y si bien no dejan de reconocer que si se aprende, también advierten que no es lo que debería y como debería ser. Y agregan que aun así se dan nuevos comportamientos pero equivocados en el ejercicio cotidiano de la arquitectura, «cosa de la que se tiene un testigo mudo e implacable, como lo es la ciudad». La advertencia más determinante que se atreven a lanzar es que en el fondo del debate sobre la formación de los arquitectos se está abandonando la que deber ser la esencia de la disciplina cual es «la habitabilidad como creación de espacio en el sentido fenomenológico», para centrarse en lo que ellos llaman «prejuiciados contenidos que solo permitan diseñar edificios».

En el contexto de la discusión que plantean, finalmente se atreven a precisar la diferenciación dicotómica antes sugerida. Para ellos, mientras que el profesional de la arquitectura es lo que está creando la universidad hoy en día no siendo otra cosa que un sujeto que ha adquirido y desarrollado habilidades para hacer edificios, en otras palabras «un hacedor de edificios que reproduce con eficacia sistemas ya implementados», mientras que el arquitecto es -debería ser- otra cosa, es decir un actor que «responda a esa complejidad que le ha competido a la profesión durante siglos», por antonomasia, «un sujeto que se asume como creador de espacios, más que un hacedor de edificios y se compromete con todas las condiciones socioculturales que hacen parte de la habitabilidad».

 


Fuente: www.arq.umich.mx

 

 

El Rol de la arquitectura hoy

La sentencia aquella que lanzara el colectivo The Architects’ Resistance en 1969 que quedó plasmado en el manifiesto que público, según la cual «el papel que jugaba la arquitectura durante esos años como una práctica al servicio de aquellos en el poder», complementada con la férrea denuncia que proclama «la sumisión del arquitecto al sistema comienza con la creencia de que poseen herramientas y conocimientos inaccesibles para el público» parecen tener plena vigencia en la actualidad, al menos en Colombia.

Baraona (2022) va más allá cuando denuncia «que esta postura grandilocuente y de superioridad se ve reforzada por la idea de que existen ‘esas cosas especiales’ que solo conocen los arquitectos». Complementa afirmando que esta postura ha conducido a que los arquitectos -ellas y ellos- a ignorar el valor real de la profesión eludiendo la asunción de su papel esencial en la sociedad que no puede ser otro que «el de ser aliadas y no salvadoras de las personas que habitan sus edificios y ciudades».

Sin duda, desde que el pensamiento neoliberal cobra fuerza, la arquitectura adopta decididamente como suya la finalidad del crecimiento económico, la rentabilidad privada y el individualismo que caracterizan a las políticas económicas que desde los años 80 permean a casi todas las sociedades del mundo. En esta dirección Baranoa considera que la arquitectura no solo cambiaba al igual que el papel de las universidades y ahora sus finalidades se encaminan hacia la privatización del conocimiento. Referenciando a Franco ‘Bifo’ Berardi trae a colación lo que éste describiera como «el sometimiento de la investigación al estrecho interés del beneficio y la competencia económica», referencia que le permite afirmar finalmente que desde entonces hasta la fecha las universidades y escuelas de arquitectura se han hecho cómplices de este sistema privatizador que muy rara vez responde a las complejidades sociales en las que vivimos.

 


Fuente: www.rocajunyent.com

 

En conclusión, en la posmodernidad, pero más específicamente en el periodo que coincide con la irrupción del neoliberalismo hasta la actualidad, se advierte el abandono de la esencia de la arquitectura que decidió privilegiar el desarrollo de habilidades para la construcción de edificios sobre la habitabilidad, al unísono con la preeminencia del profesional de la arquitectura sobre el arquitecto, un cambio de enfoque que se ha gestado desde las facultades y escuelas de arquitectura que decidieron plegarse a los postulados de una filosofía neoliberal hegemónica que las ha convertido en cómplices de un sistema privatizador que privilegia el lucro y la ganancia sobre el bienestar.

 


Fuente: www.arkiplus.com

 

 

Referencias

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